EN CARTELERA
EL NIÑO
(***)
Ernesto Diezmartínez GuzmánPara Carlos Parra, a quien
no le gustó esta película.
Los milagros suceden, de vez en cuando. Me refiero a la distribución nacional del cine de Jean-Pierre y Luc Dardenne, acaso la pareja de hermanos cineastas más importante del cine contemporáneo.
Los Dardennes, de origen belga, pasaron los diez primeros años de su carrera realizando documentales para la televisión de su país. Luego, en 1987, debutaron con su primer largometraje de ficción, Falsch, inédito en México, así como sus siguientes películas, Je Pense à Vous (1992) y La Promesse (1996), que le valió a la pareja fraternal varios premios internacionales.
La consagración de los Dardenne llegaría en 1999 con Rosetta, ganadora en Cannes 99 a la Palma de Oro por Mejor Película y Mejor Actriz. Luego, con El Hijo (2002), los Dardenne repetirían la gracia: Palma de Oro en Cannes 2002 al Mejor Actor y el Premio Especial del Jurado Ecuménico. Finalmente, con El Niño (L’Enfant, Francia-Bélgica, 2005), los Dardennes volvieron a obtener la Palma de Oro a la Mejor Película en Cannes 2005. Aunque Rosetta y El Hijo fueron distribuidos en los circuitos culturales de México, El Niño es la primera película de los Dardenne que merece distribución comercial en todo México.
El filme, que tiene más de una deuda con el realismo ascético de Pickpocket (Bresson, 1959), es ejemplarmente simple en su trama –escrita por los propios Dardenne- y está narrada de manera directa, lineal, apoyada por la extraordinaria cámara en mano de Alain Marcoen, que no despega el lente del rostro de sus notables intérpretes, la debutante Déborah François y el joven pero experimentado Jérémie Renier, actor juvenil de los Dardenne en La Promesse.
Sonia (François), rubia adolescente en minifalda, acaba de salir del hospital con su hijito, Jimmy, en brazos. Va en busca del padre del niño, Bruno (Renier), un ladronzuelo de poca monta que usa a escolares de 10-12 años para que lo ayuden en sus robos. Bruno vive en la calle –tiene un departamento, pero lo ha rentado por unos francos para comprarse una chaqueta, un sombrero a lo Belmondo o cualquier otra cosa más-, cree que solamente los idiotas trabajan y es capaz de gastarse todo el dinero de un botín al “rentar” –se entiende que ilegalmente- un automóvil convertible para pasear con Sonia y Jimmy.
Bruno no es perverso –tampoco es muy inteligente que digamos- y si hace algo malo –por ejemplo, vender a Jimmy a una banda de traficantes de bebés- no lo hace por maldad. El rostro despreocupado de Renier lo dice con meridiana claridad: de improviso, sin pensarlo, decide que puede sacarle algo de dinero al hecho de tener un bebé en la carriola. Total, le van a dar unos miles de francos y eso le va a ayudar a sobrevivir junto a Sonia –y, de paso, comprar más chaquetas, otro sombrero, alguna cerveza, “rentar” el convertible. Y si Sonia quiere otro bebé, ¿cuál es el problema?: son jóvenes, pueden tener otro.
Por supuesto, el niño del título no es Jimmy, el bebé al que nunca vemos claramente –los Dardennes huyen del melodrama chantajista como de la peste bubónica-, sino el desparpajado Bruno, que tendrá que recuperar a su hijo si quiere recobrar el amor de Sonia. Pero la redención, en el cine de los Dardenne, nunca es tan sencilla: no se trata sólo de recobrar el bebé, sino de algo mucho más difícil. Bruno tendrá, en algún momento, que dejar de ser niño. Tendrá que tomar una responsabilidad moral. Tendrá que afrontar, aunque sea una vez, la consecuencia de sus actos.
Escala de Calificación
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