EN CARTELERA
UN ENEMIGO EN CASA
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Ernesto Diezmartínez GuzmánUn Enemigo en Casa (Breach, EU, 2007), segundo largometraje del guionista y cineasta Billy Ray (opera prima El Precio de la Verdad/2003 nunca estrenada comercialmente en México, pero asequible en DVD de Región 4), descansa, en gran medida, en la virtuosa interpretación de su protagonista, el oscareado Chris Cooper. Este multi-premiado actor ha brillado en papeles de personajes secos y exigentes (el distante papá de Cielo de Octubre/Johnston/1999), represores a la vez reprimidos (su patético gay enclosetado de Belleza Americana/Mendes/1999), paranoicos desatados (su extravagante molacho de El Ladrón de Orquídeas/Jonze/2002, que le hizo ganar el Óscar) y lacónicos solitarios (su estoico vaquero de Alma de Héroes/Ross/2003).
El fascinante Robert Hanssen que nos entrega Cooper en Un Enemigo en Casa es no solamente un digno sucesor de los personajes mencionados en el párrafo anterior sino una suerte de “summa” actoral de este notable intérprete. Cooper encarna con una convicción aterradora a un exigente y seco analista de seguridad nacional que, a punto de jubilarse, es llamado por el FBI para ocupar una nueva dirección creada expresamente para él; un reprimidote católico practicante que, sin embargo, graba sus propios actos sexuales con su devota mujer (reaparecida Kathleen Quinlan) para distribuirlos globalmente en Internet; un paranoico especialista en espionaje que se cree espiado por todo mundo, de todas partes, de todos lados; un solitario y estoico trabajador hiper-profesional que considera que nadie –absolutamente nadie- está a su altura.
Basado en el más grande escándalo de espionaje en la historia de Estados Unidos –el “impecable” Hansenn trabajó, en realidad, durante más de 20 años para los rusos y se le atribuye la muerte de varias decenas de agentes encubiertos, así como la diseminación de innumerables secretos de Estado-, el argumento de los debutantes Adam Mazer y William Rotko reconstruye con absorbente precisión la manera en la que Hansenn fue atrapado por sus mismos compañeros del FBI, pero no logra asir del todo la impenetrable personalidad del espía de doble cara que, hacia el final, sigue siendo un auténtico misterio.
De hecho, cuando, en el desenlace, un resignado Hansenn es por fin desenmascarado –en parte por el trabajo de su dizque ingenuo asistente Eric O’Neill (Ryan Phillippe)-, las hipótesis del porqué de la traición de Hansenn las verbaliza él mismo, casi casualmente, como si hablara de algo sin importancia: por pura egolatría (“miren qué inteligente soy que no son capaces de descubrirme”), por un torcido sentido de patriotismo (“vean lo vulnerables que son nuestros sistemas de espionaje”), incluso acaso solamente por dinero (cien mil dólares por cada entrega de información). Pero el rostro de Cooper, a lo largo del filme, nos ha contado una historia distinta: más compleja, más oscura y acaso por ello, imposible de capturar con palabras o con imágenes. Después de todo, las torceduras del alma son inasibles.
Escala de Calificación
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