ESE CIERTO CINE
DOGVILLE
(****)
Ernesto Diezmartínez Guzmán“Siempre tengo que ser tan
condenadamente ambicioso”
Lars von TrierA estas alturas, nadie puede llamarse sorprendido. Lars von Trier hace más que cine: lo que realmente le importa es realizar acabadas piezas de provocación. Provocaciones estilísticas, temáticas, estéticas, genéricas, cinefílicas, morales: desde sus tempranas obras mayores –El Elemento del Crimen (1984) y el filme televisivo Medea (1988)—hasta la más reciente pieza de escándalo Dogville (Ídem, Dinamarca-Suecia-Francia-Noruega-Holanda-Finlandia-Alemania-
Italia-Japón-EU-GB, 2003), el cineasta danés no ha dado tregua de ninguna especie. Ni a aquellos que dicen que su cine es puro bluff, ni a todos los que pensamos que su obra merece un nicho aparte en la narrativa fílmica de finales del siglo XX/principios del XXI. Por supuesto, Dogville va a seguir dando mucho de qué hablar, más de qué discutir.Montañas de Colorado, años 20. Al pueblo de Dogville, de apenas tres calles y una decena de casas, llega huyendo la preciosa y elegante Grace (Nicole Kidman dulcemente subactuada), quien es ocultada de sus perseguidores por el joven aprendiz de filósofo Tom (Paul Bettany), quien ha tratado de convencer a sus renuentes vecinos de que necesitan abrirse y recibir, para poder ser mejores. El predicamento de Grace le sirve a Tom para “ilustrar” a los habitantes de Dogville: si ellos “adoptan” a la bella fugitiva, Grace trabajará para ellos haciendo pequeñas tareas que no son “necesarias”. Todo va bien por un tiempo, pero ante la constante visita de la ley que acusa a la mujer de ser una delincuente, la amabilidad empieza a desaparecer. No importa que Grace sea toda dulzura, toda comprensión, toda generosidad: muy pronto los habitantes de Dogville “enseñarán los dientes” y así, el anciano ciego (Ben Gazzara) la empezará a manosear, la vieja tendera (Lauren Bacall) la maltratará verbalmente, el cosechador de manzanas (Stellan Skarsgard) la chantajeará para acostarse con ella, una amable madre de familia (Patricia Clarkson) le destruirá su colección de porcelanas y así hasta al extremo de que Grace termina como bestia de carga y/o prostituta del pueblo.
Muchos han leído al filme de von Trier como un descarnado panfleto anti-americano. La interpretación es válida: la paranoia, el miedo y la mezquindad que han infectado el corazón del Imperio después del 11 de septiembre de 2001 está retratado con sorna apenas disfrazada en la historia de esta pobre mujer convertida en víctima por egoísmo, estupidez y crueldad. Sin embargo, la cinta de von Trier va mucho más allá. Además de la lectura política ya anotada, el filme resulta una fascinante reflexión sobre la condición humana, la bondad y la maldad, el perdón y el castigo. La plática final entre Grace y su misterioso perseguidor es la lúcida conversación entre un ángel y un demonio. Lo curioso es que uno, al final, termina dándole la razón a Lucifer y a ver con desconfianza y temor al inocente ángel.
El golpe de genio de von Trier es el radical distanciamiento brechtiano de la puesta en imágenes. Filmada en interiores, en un solo escenario de cartón-piedra, con todo el dibujado en el piso con gis, con John Hurt como paródico narrador omnisciente en off, esta falsa teatralidad (no, no es teatro filmado como algunos despistados afirmarán) provoca que nos concentremos en el corazón de la inquietante propuesta dramático/filosófica de von Trier: la bondad humana no existe y más vale no hacernos demasiadas expectativas, pues no dejaremos de ser lobos de los demás y de nosotros mismos. La canción de David Bowie que se escucha en los créditos finales, Young Americans, termina de clavar el ataúd: ante una película de von Trier, abandone toda esperanza.
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