EL CINE QUE NO VIMOS
MAN BITES DOG
(***)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
 
¿Tendrá algún caso quejarse? La distribución fílmica en México ha sido criminalmente omisa desde hace muchos años. Y aunque algunos esfuerzos para paliar este problema son realizados de vez en cuando (vía Festival de Verano de la UNAM, vía la programación de algunos cineclubs), las lagunas cinefílicas son enormes. Tómese el caso de Man Bites Dog (C’est Arrivé Pres de Chez Vous, Bélgica, 1992), una legendaria cinta de culto que ganó el Premio Internacional de la Crítica en Cannes 92 y que permanece, hasta la fecha, inédita en México. De hecho, la única forma posible de poder ver esta película es perderle el cariño a unos cuantos dólares y adquirirla a través de websites como amazon o e-bay o, si tiene suerte, buscarla (y encontrarla) en algún tianguis o videoclub cultural.

 “Si matas una ballena, tendrás a todo mundo encima: la prensa, Greenpeace, Jacques Cousteau; si pescas sardinas, terminas poniendo una enlatadora”. Palabras más, palabras menos, esta es la filosofía de Ben Patard (Benoit Poelvoorde, extraordinario), un desalmado asesino que estrangula, desnuca, descerraja de un tiro, apuñala, asfixia o ¡mata de un susto! a sus desafortunadas víctimas, la mayoría de ellas ancianos jubilados o pobres diablos cualquiera. Es decir, sus víctimas favoritas son “sardinas”, esas que tienen el dinero en efectivo debajo de sus camas o en los bolsillos de los pantalones. Las “ballenas” –los ricos—sólo tienen tarjetas de crédito y sus asesinatos salen en la primera plana de los periódicos, ergo, no son negocio.

Man Bites Dog sigue paso a paso a Ben, un asesino que roba a sus víctimas como forma de vida y que mata rutinariamente, como si fuera un trabajo más. La cámara en mano y en blanco y negro de André Bonzel sigue, pues, a su repelente/atractivo personaje en cada uno de sus “trabajitos”, en un tono documental impecable: vemos cómo Ben acosa a la víctima, cómo se acerca a ella, cómo la mata, cómo se “encarga” del cadáver, cómo discute las diferencias de peso entre los cuerpos de un niño y un adulto, y hasta cómo confiesa su agotamiento por lo “difícil” de la jornada. Sin embargo, la provocación no está en el acucioso estilo documental que los directores Benoit Poelvoorde, André Bonzel y Rémy Belvaux usan para seguir al asesino en toda la película, sino en la fascinante premisa dramática en la que está sostenido todo el filme: en realidad, lo que estamos viendo –se supone—es un documental “auténtico” realizado por un tal Remy y fotografiado por un tipo llamado André, que trata sobre un asesino llamado Benoit. Es decir, no estamos viendo un filme que sigue a un asesino en un estilo copiado del documental, sino que la cinta pretende ser una auténtica y radical pieza de cinema-verité (por supuesto, esta premisa luego sería rescatada en El Proyecto de la Bruja de Blair).

La película se sumerge, entonces, en un laberinto postmoderno arriesgado, irritante, divertido, horroroso. Por ejemplo, a Remy (el director de la cinta sobre Ben y, por supuesto, uno de los directores de Man Bites Dog) se le acaba el dinero para seguir filmando a su personaje estrella, así como en la realidad Man Bites Dog fue realizada durante cuatro años debido a la falta de dinero. Otro ejemplo: el asesino Ben lleva al equipo de filmación a que conozcan a su familia que es, de hecho, la auténtica familia del actor/cineasta Benoit Poelvoorde.

Por si fuera poco, el filme está permeado de un bárbaro y despiadado humor negro: el gag del asesinato de una anciana que se muere del susto, el balazo en la cabeza que recibe un amigo de Ben que se pasa de enfadoso, el hilarante asesinato masivo de un equipo de grabación de vídeo que está siguiendo a otro asesino rival, y muchas otras escenas de esta naturaleza. Por supuesto, la estrategia de Man Bites Dog es primero provocar la carcajada para luego congelar la sonrisa en el rostro. Lo que vemos es tan cruel y tan absurdo que parece real, así que cuando el propio equipo de filmación instiga a Ben a cometer uno de sus crímenes, la cinta termina apuntando sobre sí misma: ¿cuándo la cámara toma pasivamente la violencia, cuándo permite que suceda, cuándo de plano la provoca? Y una última pregunta termina flotando en la pantalla: ¿alguna vez veremos a un equipo de televisión seguir “de verdad” a un asesino para ver cómo trabaja? ¿Estaremos lo suficientemente enfermos para ello?


EL CINE QUE NO VIMOS
Escala de Calificación
**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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