ESE CIERTO CINE

12 MONOS
(****)


Ernesto Diezmartínez Guzmán
¿Hay que ubicar en el tiempo a esta película. Después de cuatro años de inactividad desde aquella digna entrada al mainstream hollywoodense con El Pescador de Ilusiones (1991), después de cinco extenunates largometrajes dominados por el extenso y ambiguo universo de lo fantástico (desde Jabberwocky/1976 hasta El Pescador... pasando por Los Bandidos del Tiempo/1981, Brazil/1985 y Las Aventuras del Barón Munchausen/1988), después de varias décadas de una fecunda carrera de cartonista/animador/actor/cineasta/guionista/escenógrafo que iniciara en los ya lejanos años setenta con el inolvidable grupo de comediantes británicos Monty Phyton, después de haber luchado rabiosamente por su independencia hasta el límite de tirarle con el proyecto a la PolyGram un par de semanas antes de iniciar la filmación, Terry Gilliam dirigió, hace más de una década, su obra mayor 12 Monos (12 Monkeys, EU, 1995, una aventura fantástico/futurista en el mejor estilo barroco/abigarrado que el californiano ya nos había presumido en su primera gran obra maestra Brazil.

Con un provocador guión de David y Janet Peoples (guionistas de Los Imperdonables y Blade Runner), he aquí la historia (¿la historia?: ¡las historias!) de John Cole (un magnífico Bruce Willis), un peligroso presidiario condenado a cadena perpetua, quien vive recluido en una prisión/porqueriza del año 2035. Para este tiempo, toda la humanidad vive bajo tierra, pues un poderoso y letal virus creado por una misterioso ejército apodado "los 12 monos", acabó con 5 mil millones de personas hacia finales del lejano año de 1996. Ahora, la superficie del planeta es habitada sólo por los animales de todas las razas, todos los tamaños y todos los colores. La élite político/burocrático/científica que gobierna a la humanidad (es decir, en el 2035, no en 1996 ni en 2006, no se vaya a creer) envía al pasado a Cole para que consiga una muestra del virus en su estado puro, de tal forma que en el 2035 se pueda fabricar una vacuna para así reconquistar la Tierra. Cole es enviado, pues, al pasado, sólo que con tal tino que en lugar de 1996 llega a 1990, terminando con sus huesitos en un manicomio en donde es tratado por sus delirios apocalípticos por la amable siquiatra Khatryn Railly (Madeleine Stowe). Ahí conoce a un histérico hijito de papi, Jeffrey Goines (Brad Pitt adecuadamente sobreactuado) quien ha sido encerrado en el siniestro hospital por su propio padre, un famoso biólogo premionobel (Christopher Plummer). A partir de ese momento, la trama adquiere un ritmo incesante/acezante de viajes y retornos el tiempo, de 1990 al 2035, de ahí a ¡1917!, de vuelta al 2035, luego a 1996 y así hasta el previsible final (en)soñado por Cole desde su pasada-presente infancia, cuando se veía a sí mismo acribillado por quién sabe quién en cierto atestado aeropuerto.

Basado en el legendario cortometraje de Chris Marker La Jetée (1962), el sexto largometraje de Terry Gilliam es un fascinante, desconcertante y calculadísimo juego de espejos y referencias cinematográficas que puede ser analizado desde por lo menos tres perspectivas complementarias: 12 Monos es, por supuesto, un homenaje a La Jetée y a todas las películas que directa o indirectamente cita Terry Gilliam a lo largo del filme. Es, también, una película de autor en toda la extensión de la palabra, es decir, fue –en ese tiempo- el regreso de Terry Gilliam por sus fueros autorales desde Las Aventuras del Barón Munchausen. Y, last, but not least, es una película de estudio, con gran presupuesto, estrellas, y todo lo demás. Lo curioso es que en estos tres niveles la película funciona a la perfección sin que se vea dañado su carácter diverso y polisémico. Todo mundo puede terminar contento después de revisar esta película en su DVD respectivo: los que buscan acción, eso tienen; los que buscan a Terry Gilliam en plena forma, eso tienen; los que buscan especializadas referencias cinefílicas también eso tienen. ¿Quién se puede quejar?

El cine referencial.
12 monos confiesa estar basada en La Jetée, aquel legendario filme de 30 minutos dirigido por Chris Marker y que estrictamente hablando, apenas si puede llamarse filme (sólo tiene una secuencia con movimiento; el resto de la película es una serie de fotos narradas en off y con acompañamiento musical). De cualquier forma, esta photo-roman --como la bautizó el mismo Marker-- tiene el germen dramático de 12 Monos: un hombre que viaja a través del tiempo está obsesionado por una imagen de su infancia: alguien siendo asesinado en un aeropuerto. Por supuesto, el filme de Terry Gilliam está muy lejos de parecerse formalmente a aquella fotonovela. No obstante, en el fondo, la cita/homenaje a Marker va más allá de la beata admiración cinefílica. Como el célebre director francés de vanguardia, Gilliam está preocupado aquí por el concepto del tiempo y sus paradojas. Tanto el desafortunado protagonista John Cole como nosotros los espectadores estamos inmersos en una realidad que a cada momento cuestionamos. ¿Estamos viendo los delirios de un loco o realmente está viajando en el tiempo? ¿Y al viajar no está cambiando el presente de donde vino? ¿O qué es el presente, pasado o el futuro cuando se viaja en el tiempo? ¿Cómo funciona la memoria cuando no existe una atadura temporal, un punto de referencia, cualquiera que este sea?
Pero hay otra alusión aún más clara de este tema: la cita de Vértigo (Hitchcock, 1958), especialmente el diálogo entre Kim Novak y James Stewart, cuando éste parece estar volviéndose loco por la elusiva identidad de la mujer. El tema aquí es, pues, la memoria, como, en el fondo, era ése el tema de Brazil (recuérdese el final: ¿todo lo que hemos visto ha sido el recuerdo de un hombre agonizante?).

El cine de autor.
Tratándose de Terry Gilliam, no podía faltar tampoco su radical y pesimista discurso antiburocrático. Proveniente John Cole de un futuro dominado por fríos e insensibles burocratas --quienes lo mandan por el virus para hacer una cura, NO PARA DESTRUIRLO, pues si el virus no existe, entonces ellos no podrían ser los líderes de ese mundo derruído--, nuestro héroe está condenado por partida doble: por sus jefes y por el mismo implacable transcurrir del tiempo. Ni siquiera en Brazil Gilliam fue tan pesimista. Que contra el tiempo no se puede hacer nada, ya lo sabemos. Que contra las burocracias hipertecnologizadas que nos gobiernan tampoco, no lo queremos saber (o aceptar). En el aspecto formal, Gilliam le da rienda suelta a su típica imaginería visual: barroca, abigarrada, agotadora. Sin duda, esta es, hasta el momento, la cinta más personal de Gilliam junto con la archimencionada Brazil.

El cine industrial.
Con tres estrellas en el reparto (Bruce Willis, Brad Pitt y Madeleine Stowe), con 30 millones de dólares de presupuesto, y con todo el aparato publicitario de la PolyGram detrás –compañía ya desaparecida, por cierto-, estamos aquí ante una perfecta cinta del más aplastante aparato hollywoodense. Y como tal funcionó en su momento. Para los consumidores del típico cine de acción (los seguidores de Willis) y para las suspirantes del cara-bonita hollywoodense (las fanáticas de Mr. Pitt, en aquel entonces en ascenso) la película resultó más que aceptable.

Recuerdo muy bien una duda que tuve al ver 12 Monos hace una década: ¿ha vendido el ex Monty Phyton su alma al diablo hollywoodense? Después de todos estos años, es evidente que no. Y si alguna vez la vende, con tal que dirija más filmes como 12 Monos, nadie debería protestar por ello.
 
 



ESE CIERTO CINE

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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