ESE CIERTO CINE
DESEANDO AMOR
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Ernesto Diezmartínez GuzmánUn servidor ve más de 200 películas al año, lo que significa que varios miles de cintas están apiladas en mi caprichosa memoria. Aclarado lo anterior, he aquí una temeraria afirmación: Deseando Amor (Huayang Nianhua, Hong Kong-Francia, 2000), séptimo largometraje del hongknés Wong Kar-Wai, es una de las películas más bellas que he visto en mi vida. Sí, ya sé, puede que esté exagerando... pero sólo un poco.Deseando Amor es una sublime historia de amor y, al mismo tiempo, una conmovedora meditación sobre las pulsiones y los ritmos del amor. La trama –imaginada por el mismo Wong, como de costumbre—está ubicada en el Hong Kong de los años 60, en un período de especial turbulencia política en Oriente. La joven señora Chan (la diva Maggie Cheung) y su fuera-de-cuadro marido rentan una habitación a la amable matrona Suen (Rebecca Pan), al mismo tiempo que el agradable Chow Mo-Wan (el sempiterno actor de Wong, Tony Leung Chiu-Wai) y su respectiva esposa fuera-de-cuadro rentan otra habitación a un vecino de la señora Suen. La señora Chan y el señor Chow se encuentran en los estrechos pasillos de edificio de departamentos, se cruzan en la calle al ir a comprar sopa en el changarro de la esquina, se rozan en las escaleras, se miran amablemente a los ojos, se prestan revistas o periódicos. Son buenos vecinos, sin duda alguna.
Un buen día, la guapa señora Chan y el amable señor Chow descubren que sus respectivas parejas tienen un affaire y mientras éstas están fuera de la isla, los dos engañados platican, caminan juntos, salen a comer, elaboran un serial de artes marciales al alimón y se preguntan, incansable/insensata /enfermizamente: “¿De qué manera se enamoraron?, ¿Cómo inició todo?, ¿Qué fue lo que dijeron en la primera cita?, ¿Quién hizo el primer movimiento?, ¿Qué comen cuando están juntos?”. La película, entonces, se convierte en una historia de amor en dos bandas: Chan y Chow reviven y recrean lo que ellos consideran que es la aventura amorosa de sus cónyuges, al mismo tiempo que, de manera inevitable, se enamoran ellos mismos. Pero, ¿de quién se enamoran?: ¿de la verdadera Chan, del auténtico Chow, o de la “representación” que los dos hacen de sus parejas? Si el amor, para Wong Kar-Wai, no es más que una construcción ideal, un deseo insatisfecho, un sueño fugaz e imposible, ¿qué más da de quién están enamorados los dos personajes? Lo cierto es que están enamorados.
Además de la increíble simplicidad de la propuesta dramática –lo que hace más fascinante las muchas escenas en donde los dos “estudiosos” engañados decodifican el inicio del amor y el rompimiento del mismo--, lo que atrapa desde el inicio es el estilo visual que le imprime Wong Kar-Wai al filme. Esta película es, sin duda, la más sobria de todas las que ha hecho Wong: el cineasta renunció a su hiperquinética marca de fábrica (fotografía en time-lapse, combinación del blanco y negro con el color, violencia explosiva contrastada con momentos de tranquilidad beatífica, imposibles encuadres que terminan resultando imprescindibles) en busca de una suerte de equivalente visual del leit-motif musical de la cinta, un encantador tema todo en cuerdas que sigue a la delgada figura de la exmodelo Maggie Cheung mientras la cámara de Christopher Doyle y/o Mark Lee la sigue en slow-motion, capturando con adoración su caminar felino. Así pues, el ralenti se usa sabiamente en algunos momentos y la cámara permanece fija a la Ozu. Cuando ésta se mueve, lo hace en elegante paneos que captura los rostros de Chow y Chan, o se desplaza en algún memorable travelling en el cual se nos muestra los ensayos de “conquista” de la pareja o se nos descubre el inconsolable llanto de Chan después de cierto falso “rompimiento”.
Wong es un maestro en la combinación de la música popular con la imagen. Como el Scorsese de Buenos Muchachos, el Kubrick de Cara de Guerra o el Allen de Hanna y sus Hermanas, la música y las canciones que se escuchan en el filme (como los clásicos boleros “Quizás”, “Muñequita Linda” y “Aquellos Ojos Verdes”, cantados por Nat King Cole) parecen haber sido escritos única y exclusivamente para esas secuencias, para esas escenas, para esas imágenes, para ese momento en el que Chow se detiene un segundo en la puerta donde vivía/vive su amada, mientras se escucha “Quizás, quizás, quizás...”. Una de las escenas más hermosas en la filmografía de Wong y un privilegiado momento de gran cine.
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