EN CARTELERA EL CUSTODIO
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Ernesto Diezmartínez GuzmánExhibida en el XXI Festival Internacional de Cine en Guadalajara 2006 –en donde obtuvo el premio FIPRESCI a la Mejor Película y el Mayahuel a Mejor Guión- y presentada en la pasada 49 Muestra Internacional de Cine, llega finalmente a las salas comerciales mexicanas El Custodio (Argentina-Uruguay-Francia-Alemania, 2006), segundo largometraje –aunque primero que dirige en solitario- del bonaerense Rodrigo Moreno (episodio en película colectiva Mala Época/1998, opera prima co-dirigida con otros dos cineastas El Descanso/2002).
Perteneciente a la creciente inclinación que tiene un sector del cine argentino del nuevo siglo por una suerte de minimalismo dramático-estilístico que raya con lo exasperante –como obras mayores recientes que hemos visto por aquí como Los Muertos (Alonso, 2004), La Niña Santa (Martell, 2004) o El Otro (Rotter, 2007)-, El Custodio es la asfixiante crónica de un malestar que se extiende con parsimonia y tranquilidad, sí, pero también con una peligrosa, fría, insidia. Por más que se mencione su final dizque sorpresivo, éste no lo resulta tanto. En la medida que avanza la cinta, uno se pregunta, de hecho, cuándo va a suceder lo que tiene que suceder. Y la desazón provocada por el fatal determinismo dramático no se atenúa ni con ese lamentable –por lo convencional- epílogo en el mar.
Rubén (Julio Chávez, quien repetiría su impresionante sobriedad/sequedad en El Otro, vista en Guadalajara 2007) es el guarura de confianza del tecnocrático Ministro de Planeación (Osmar Nuñez). No parece que el susodicho Ministro necesite la protección de ese muy profesional custodio pero eso no importa: Rubén sabe las reglas de su trabajo –las recita cuando alguien le pide una explicación-, sabe cuál es su lugar y lo que se espera de él, y no expresa la más mínima emoción ante provocaciones (de la adolescente hija del ministro) ni ante humillaciones (el dibujo que su patrón lo obliga a hacer para divertimento de un par de huéspedes franceses). El hombre, pues, hace su trabajo sin quejarse –aunque debería estar en una mejor posición, le dice un impertinente colega- y cumple de manera intachable con sus responsabilidades laborales y personales que implican cargar con una hermana que no está completa y una sobrina que está aún peor. Incluso cuando va a acostarse con alguna prostituta, Rubén se comporta como un cliente profesional: con el dinero por delante y la mínima amabilidad que merece la baratona meretriz.
El estilo narrativo/visual de Moreno es exacto, en especial con su manejo del encuadre, responsabilidad de la especialista Bárbara Álvarez, cinefotógrafa de las comedias minimalistas de Rebella y Stoll, 25 Watts (2001) y Whisky (2004). Moreno y Álvarez trabajan con supremo cuidado la toma larga, dosifican con precisión los escasos movimientos de la cámara y no temen al uso continuado de la toma fija: es de esta manera como subrayan la alienación y la soledad de Rubén, con esos encuadres en donde el serio guarura siempre está por ahí, atisbando, mirando de reojo, esperando las decisiones de alguien más. Frente a él se cierran puertas, una y otra vez, reales e imaginarias. Él no debería estar haciendo eso -alguna vez fue casi una leyenda-, él no debería tener que soportar a esa familia -¡esa secuencia del restaurante chino!-, él tendría que haberse metido aunque sea una vez al mar… Y a todo esto ¿por qué no hoy?
Escala de Calificación
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