EN CARTELERA
JC CHAVEZ
(** 1/2)
Ernesto Diezmartínez GuzmánCon todo y que nunca he sido un gran aficionado al box, fue imposible –por lo menos para mi generación- desentenderse por completo del brutal deporte de los catorrazos. ¿La razón?: durante dos décadas fuimos testigos del despegue, encumbramiento y decadencia del más exitoso boxeador mexicano de la historia. Con un récord de 108 triunfos (87 por nocaut), seis derrotas y dos empates; una impresionante racha de 89 victorias sin conocer el fracaso; y una marca imbatible de 37 peleas de campeonato (por encima de Joe Louis y del mismísimo Alí), además de 27 defensas exitosas de sus seis títulos (¡y en tres diferentes divisiones!), Julio César Chávez es, sin duda alguna, no sólo el mejor boxeador que ha dado nuestro país, sino uno de los más grandes de todos los tiempos. Así de simple.
En J.C. Chávez (México, 2007), la “opera prima” como documentalista del productor y actor Diego Luna, la grandeza deportiva del culichi por adopción Julio César Chávez González nunca se pone en duda. Sin embargo, lo que sí aparece desde el idílico principio (con un jovencito Chávez hablando a la cámara, con su esposa a un lado, aconsejando a los niños que estudien y no se metan al boxeo) y hasta el patético final (con su humillante derrota en Phoenix, en septiembre de 2005, frente al “matalote” Grover Wiley, debido a una fractura en su mano derecha), es una figura mucho más interesante de la que conocíamos: la de un Chávez insólito por su ambigüedad, sus contradicciones y hasta su vergüenza (que, ahí, en el vestidor, lloroso y derrotado, parece genuina).
Con una acuciosa selección de las peleas más famosas de Chávez (la de su primer campeonato, ganado a Mario “el Azabache” Martínez en 1984; la emocionante y polémica victoria sobre Meldrick Taylor en 1990; la paliza que le dio al bufonesco “macho” Camacho en 1992; su primera derrota, contra Frankie Randall, en 1994) y una inteligente elección de “cabezas parlantes” (su articuladísima progenitora, su serio y concentrado hijo mayor, el emocionado gorilón Mike Tyson, el periodista político Javier Solórzano, el escritor José Agustín, la corredora Ana Guevara, el legendario promotor Bob Arum, el demagogo Don King con todo y banderita mexicana, y hasta el “villano favorito” Carlos Salinas de Gortari), J.C. Chavez se nos presenta como una notable reflexión sobre la fama, el poder, el dinero, la victoria y el fracaso.
Apapachado por un Salinas necesitado de legitimidad y popularidad (¿a quién me recuerda, a quién me recuerda?) y luego, un sexenio después, acosado por el nefasto procurador panista Lozano Gracia por los supuestos (o reales) nexos del boxeador con el narcotráfico, J.C. vio su estrella política apagarse al mismo tiempo que empezaba a sufrir sus primeras derrotas en el ring. Luna no hace explícita su posición, pero es obvio que el joven actor/cineasta está de parte de Chávez, mostrado como una víctima más de la disputa política Salinas-Zedillo. Aunque esta visión es claramente discutible (¿realmente Chávez fue y es tan inocente?), no cabe duda que en un país como en el que vivimos, donde los más grandes lavadores de dinero son tratados como empresarios ejemplares, el linchamiento mediático que vivió Chavez hace una década algo tuvo de perversa ceremonia tribal.
J.C. Chavez dista mucho de la perfección –o sea, está lejos de la obra maestra boxística documental When We Were Kings (Gast, 1996)- pero, con todo y su final demasiado abrupto y repetitivo, muestra que su director debutante, Diego Luna, supo sacar el mejor provecho de un personaje, una historia, un ambiente, un carácter. Que el Chávez que conocíamos aparezca mucho mejor después de haber visto este documental, muestra que Luna tiene algo más que su sonrisa de niño caguenge. Total, llamémosle talento. ¿Qué nos cuesta?
Escala de Calificación
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