ESE CIERTO CINE
CASABLANCA
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Ernesto Diezmartínez GuzmánCasablanca (Ídem, EU, 1942) es, sin duda alguna, el más grande melodrama romántico de todos los tiempos. Dirigida con proverbial eficiencia por el húngaro hollywoodizado Michael Curtiz, Casablanca es la inverosímil historia de un excombatiente en contra del fascismo, Rick Blaine (Bogart, en el papel que lo consagró para siempre), quien se encuentra regenteando un bar-casino en Casablanca, Marruecos, territorio francés no ocupado por los nazis. Hasta ese lugar perdido en el mundo Rick se topara con el amor de su vida, Ilsa Lund (Ingrid Bergman bellísima), quien lo abandonó en París el día de la ocupación nazi. Ahora, Ilsa se hace acompañar de su marido, un heroe de la resistencia antifascista, Victor Laszlo (Paul Henreid), quien es acosado por los alemanes, comandados por el coronel Strasser (Conrad Veidt).En el parrafo anterior anoté la palabra inverosímil para referirme a la cinta. Tal vez me quedé corto: si uno le rasca un poquito, la película no tiene pies ni cabeza. Vaya, sólo déle un vistazo a sus tres personajes principales: Laszlo es un héroe de la resistencia que viene huyendo de un campo de concentración pero se viste con una elegancia envidiable y se pasea por Casablanca con un aplomo desarmante; Ilsa, la sufrida esposa, aparece con cada modelito digno de un desfile de modas (¡qué equipaje deben cargar los dos para llevar tal cantidad de ropa!); y Rick, acaso el mas grande personaje romántico creado por/para Bogart, es un estuche de monerías y de contradicciones: es antifascista izquierdoso pero al mismo tiempo un próspero empresario, es cínico en la superficie y un pan dulce en el fondo, parece egoísta pero es más generoso que nadie, es capaz de embriagarse patéticamente por el amor de una mujer pero luego renunciar a ella por amor a la patria y por apego a los valores de la democracia y la libertad estadounidenses.
Por ello, acaso el personaje más consistente y disfrutable de la película resulta el cinicazo capitán Louie Renault (Claude Rains en el papel de su vida), ese tan corrupto como encantador policía francés que cambia de ideología cuando le conviene, que abusa de su posición para encamar a cuanta bella mujer necesita de su ayuda, que gorrea descaradamente todo lo que consume en el bar de Rick y que no tiene empacho en servir de criado de los nazis si así la puede pasar bien. Hasta parecer priísta. Sin embargo, en ese final tan ambiguo como apoteósico, el mismo Renault tendrá la oportunidad de redimirse y culminar la auténtica historia de amor de la película: la que se desarrolla entre el citado policía y Rick ("Creo que este es el inicio de una larga amistad").
Casablanca es el melodrama romántico por antonomasia: sacrificios desproporcionados, vueltas de tuerca inesperadas, historia de amor sublime, acción bien dosificada, secretos dolorosos develados climáticamente... Como he afirmado antes, la historia no tiene mucho sentido y el comportamiento de los personajes --cuando no es inexplicable-- coquetea en mas de una ocasión con el sentimentalismo más pueril. Entonces, ¿por qué el estatus bien ganado de película de culto, de cinta clásica irrepetible? Acaso porque todos esos defectos antes mencionados no son tales defectos, sino simples características ante la irresistible estatura mítica de Bogart/Rick y su dilema moral: ¿debe sacrificarse por su país o huir con Ingrid Bergman? Cualquiera de nosotros hubiéramos escogido la segunda opción sin pensarlo más de un par de segundos; como Rick toma la primera, la políticamente correcta, no nos queda otra más que admirar el martirio de Rick --que es, vicariamente, el nuestro. Además, está Renault, ese "pobre oficial corrupto" –un ángel caído, encantador pero caído-- que también se gana nuestra admiración y simpatía al rechazar el agua de Vichy para luchar por la Francia libre --en otras palabras, no importa que tan débil o abyecto sea uno; siempre se tendrá la oportunidad de redimirse (por lo menos en una película de Hollywood).
En el exito de la cinta contribuyen también un notable reparto secundario --Sidney Greenstreet, Peter Lorre, Conrad Veidt, Dooley Wilson (el Sam que nunca escuchó la celebre frase apócrifa "Play It Again, Sam")--, una formidable partitura de Max Steiner, una canción mitológica (As Time Goes By) y varias escenas regocijantemente cómicas que involucran un carterista, un mesero germano, un bartender ruso y, por supuesto, el adorable cínico de Renault. Si a todo el paquete le agregamos un Michael Curtiz en su mejor época (ya había dirigido Las Aventuras de Robin Hood/1938, Ángeles con Cara Sucia/1938, Dodge City/1939, Yankee Doodle Dandy/1942 y después de Casablanca dirigiría Mildred Pierce/1945), el resultado difícilmente podría haber sido otro. En suma, el Hollywood clásico con todas sus debilidades y en todo su esplendor. Una extraordinaria película que, as times goes by, se convirtió en parte central de la cultura popular del siglo XX y de los que siguen.
ESE CIERTO CINEEscala de Calificación
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