LAS VACAS SAGRADAS



EL CARNICERO
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Todo mundo lo sabe. El cine de Hitchcock y el del maestro francés Claude Chabrol tienen mucho en común: comparten tramas, temas y obsesiones. Sin embargo, entre los dos hay también grandes diferencias. Por supuesto, la más obvia es el estilo -Hitchcock fue un estilista de la imagen, Chabrol tiende a ser un narrador más bien sobrio- pero también hay otra igual de importante: el director inglés era un moralista, un cineasta católico at his best; Chabrol no. El realizador francés rescata la complejidad psicológica de las mejores películas hitchcockianas y llega a conclusiones más o menos similares (vivimos en el caos, el orden existente es precario por naturaleza) pero los caminos que siguen el maestro británico y el alumno aventajado francés son muy distintos. Antes que nada, lo que importa en el mundo chabroliano son las complejas relaciones psicológicas que enlazan a los personajes principales. Relaciones que, por otro lado, son vistas con neutralidad científica, sin condena alguna, sin horror. Como ha dicho el influyente historiador y crítico estadounidense James Monaco: "... esa aura de violenta y fatal complicidad  que une a todos sus personajes que, asimismo, sirve de base para sus películas, logra que las cintas no sean aberrantes historias de OTROS, sino memorias de NOSOTROS mismos".

 Esto viene a cuento ante la revisión de El Carnicero (Le Boucher, Francia, 69), el largometraje número 19 de Chabrol, realizado por el cineasta con su habitual equipo de colaboradores de los 60/70: el fotógrafo Jean Rabier, el montajista Jacques Gaillard, el músico Pierre Jansen, la producción de André Génovès, el guión de Paul Gegauff (quien ya colaboraba con Chabrol desde Los Primos 58) y la actriz-fetiche Stéphane Audran.

 En un pequeño pueblo de la campiña francesa, se suceden tres asesinatos de jóvenes mujeres. Tasajeadas con una navaja y sin sufrir violación alguna, las tres muchachas aparecen en los alrededores del pueblo, en donde la guapa y todavía joven directora de la escuela, Hélène (Audran) coquetea guardando todas las distancias con el carnicero del pueblo, Paul Thomas (Jean Yanne), un psicopático héroe de guerra ya retirado y todavía traumatizado por su paso por los ejercicios castrenses.

 El olor de la sangre animal que aprendió a identificar desde niño junto a su padre (también carnicero) y que luego confundió con la sangre humana en la guerra hasta ya no saber diferenciar un olor de otro, los horrores sufridos/experimentados/compartidos en la guerra al ver los cientos de cadáveres tirados en el campo como reses mal ejecutadas, y el cariñoso pero firme rechazo de Hélène a sus propuestas amorosas provocan en el carnicero -un asesino tan lamentable como el hitchcockiano de La Ventana Indiscreta- un ansia irreprimible de hendir el cuchillo en la carne, tan blanda, tan animal, ay, tan humana. Más que odio, el carnicero provoca compasión a Hélène, a Chabrol, a nosotros mismos. Si él sólo quería un beso de la mujer que amaba. Sólo eso.

 Fiel a Hitchcock, Chabrol recurre también al uso de un McGuffin muy eficaz -cierto encendedor que Hélene regala a Paul y que luego aparece en el lugar de uno de los crímenes- para construir un ambiente de suspenso que corta el aliento genuinamente. Una obra maestra.

 

LAS VACAS SAGRADAS

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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