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CAMINO A LA FELICIDAD
Ernesto Diezmartínez GuzmánSin pena ni gloria pasó por la cartelera comercial hace ya varios años pero si no tuvo oportunidad de revisarla, está a la renta y/o venta en un muy decente DVD de Región 4. Me refiero a Camino a la Felicidad (Monsieur Ibrahim et les Fleurs du Coran, Francia, 2003), sexto largometraje del buen artesano Francois Dupeyron (Un Extraño Lugar para un Encuentro/1998, La Máquina/1994, vistas en la tele de paga). El disco es más que aceptable: widescreen, sonido 5.1, trailer original y el comentario in extenso de la mejor razón para revisar la película: la septuagenaria estrella egipcia internacionalizada Omar Shariff.
Para el protagonista de Doctor Zhivago (Lean, 1965), Camino a la Felicidad fue una suerte de reaparición, aunque Shariff no ha estado nunca, en realidad, escondido ni retirado. Ganador del Premio de la Audiencia en Venecia 2003 y el César 2004 a Mejor Actor por su trabajo en este buen melodrama intercultural, Sharif brilla intensamente sin que parezca haber realizado el mínimo esfuerzo para ello. Su encanto como actor nos gana desde la primera vez que sonríe, en la divertida escena de la compra de cierto auto deportivo al contado, en la parsimonia y la seguridad que exuda cada vez que abre la boca para decir algo.
París, 1960, en algún barrio pobre de inmigrantes, desempleados y prostitutas. El adolescente judío Momo (Pierre Boulanger), abandonado por su perpetuamente deprimido papá (Gilbert Meki), es virtualmente adoptado por el amable y sabio dueño de la tiendita de la esquina, el Monsieur Ibrahim del título en francés, un viejo musulmán de origen turco que se convertirá, de facto, en el omnicomprensivo y generoso padre que Momo nunca tuvo.
Aunque la idílica relación que nace, crece, se desarrolla y (nunca) muere entre el anciano musulmán Sufi y el jovencito judío laico tiene la complejidad de cualquier telefilme dominguero, Camino a la Felicidad se instala muy por encima de sus convencionalismos gracias a su impecable ambientación sesentera (diseño de producción de Katia Wyszkop, espléndida banda sonora en la que se escucha a Chuck Berry y el Woolly Boolly con Domingo Samudio) y a una realización de Monsieur Dupeyron en la que el recato y el buen gusto contienen y limitan cualquier tentación lacrimógena. Además, por supuesto, tenemos a Mr. Shariff presumiendo esa inconfundible aura de estrella fílmica que aun a los 70 años de edad despierta admiración, respeto y, admitámoslo, hasta envidia.
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