CINE NACIONAL
DE LA CALLE
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Ernesto Diezmartínez GuzmánDe la Calle (México, 2001), el primer largometraje de Gerardo Tort, está basado en una obra teatral del fallecido dramaturgo Jesús González Dávila, cuya Crónica de un Desayuno fue (in)adaptada al cine por Benjamín Cann hace tiempo. Ambas cintas han merecido un recibimiento crítico nacional y una serie de premios y alabanzas internacionales dignas de análisis. Las dos películas fueron aplaudidas por buena parte de los críticos de cine en México –sobre todo la embrutecida Crónica de un Desayuno—y las dos han apantallaron las buenas conciencias de los extranjeros –Crónica... recibió el premio de Cine Joven en Berlín 2000, Tort fue premiado en San Sebastián 2001 por De la Calle.¿Qué hay detrás de este desmedido reconocimiento a dos películas que muestran la podredumbre en el corazón de la sociedad mexicana, sea a través de una familia nuclear paradigmática, en Crónica..., sea a través de un paseo a los infiernos de la miseria económica/social/afectiva en el D.F., en De la Calle? Permítanme aventurar una posible explicación: las alabanzas y los premios son la respuesta “políticamente correcta” a una muy discutible posición intelectual y estética frente a la temática planteada por las dos cintas.
La primera es un alegato embrutecido en contra de la patriarcal y machista familia mexicana –qué novedad, Alejandro Galindo e Ismael Rodríguez ya lo habían hecho en los años 40 y 50--; la segunda, una puesta al día del incomparable universo anárquico y conmovedor recreado por Buñuel en Los Olvidados (1950). Sólo que ahora el vigor y el humor de los viejos melodramas mexicanos ha sido sustituido por una estética mugrienta sin fuerza alguna (en Crónica...) mientras el sano escepticismo naturalista buñueliano ha sido transformado (en De la Calle) en una conmiseración jodidista apantalla-turistas (“jodido eres y jodido terminarás”) con todo y fatalidad garciamarquiana/rulfiana para exportación. De hecho, la película bien pudo haber iniciado con una voz en off que nos informara/resumiera: “El día en que lo iban a matar, Rufino (Luis Fernando Peña) le robó la droga a su padrastro postizo El Ochoa (Mario Zaragoza) para luego venderla e irse a Veracruz con novia Xóchitl (Maya Zapata), pero todo se fue a la goma porque nuestro héroe se fue a un ‘tour’ por los infiernos citadinos diciendo ‘Vine a los caños porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Chícharo’ (Luis Felipe Tovar)”.
He aquí, pues, De la Calle, una congestionada película –no mal actuada, no mal narrada—repleta de lugares comunes, temáticas exhaustas –aunque no agotadas como lo demostró Franciso Athié en la notable Lolo (1992)- y con una estética amorperresca vuelta cliché a la vuelta de unos cuantos meses. No sé si el simplista planteamiento de De la Calle (y de Crónica de un Desayuno) provenga de los textos dramáticos de González Dávila o si el lamentable resultado en pantalla sea más bien culpa de las adaptaciones fílmicas. En todo caso, premios y cinecríticos aplaudidores aparte, queda la sensación de que este tipo de cintas se hacen para apantallar a jurados bienpensantes en festivales internacionales de cine. Y vistos los premios recibidos, parece que los apantallan muy bien.
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