CINE NACIONAL
MATANDO CABOS
(* 1/2)
Ernesto Diezmartínez GuzmánMatando Cabos (México, 2004) es más un síntoma que una película. Síntoma de que muchos cineastas mexicanos no hacen cine para decir algo en particular, sino para presumir sus escasos conocimientos cinefílicos (Tarantino, Guy Ritchie, Tom Tykwer y ahí estuvo). Síntoma de la confusión genérica que desconoce qué es el auténtico humor negro y que, por lo mismo, lo confunde con una repelente lectura clasista/racista apenas disfrazada. Síntoma de una realización artesanal muy elemental aunque suficientemente efectiva como para hacerse pasar como producción de primer nivel y apantallar al que se deje.El novel director Alejandro Lozano no trasciende ni por un instante la referencia cinefílica más obvia: en una alocada noche, dos jóvenes ejecutivos émulos del protagonista de Después de Hora (Scorsese, 1985), tendrán que lidiar con una confusión que lleva al suegro de uno de ellos, un odiado ricachón llamado Cabos (Pedro Armendáriz), permanecer encajuelado durante varias horas, mientras una bandita de ineptos secuestradores se llevan a la víctima equivocada. Así, para resolver la mega-bronca que les ha caído encima, los dos muchachos (los también guionistas Tony Dalton y Krysztof Raczynsky) mandarán llamar al luchador retirado “Mascarita” (magnífico Joaquín Cosío) para que, cual Harvey Keitel en Tiempos Violentos (Tarantino, 1994), les ayude a arreglar el monumental enredo.
Humor violento/relajiento como sacado de Snatch, Cerdos y Diamantes (Ritchie, 2000), rápidos cortes para mostrar el futuro destino de un dedo cercenado al modo de los flash-forwards de Corre Lola Corre (Tykwer, 1998), monólogo (que se quiere) ingenioso de “Mascarita” para evitar su muerte y la de sus amigos al estilo de cualquier filme tarantinesco, inevitable apropiación del cine de luchadores con todo y referencia a Santo vs. Las Mujeres Vampiro (Corona Blake, 1962)… Si la película se deja ver, a pesar del mal sabor de boca que deja en el desenlace, es porque Lozano y sus coguionistas Dalton y Raczynsky le imprimen algo de genuino humor a esa letanía de citas directas y hasta logran algún memorable “roller-gag” desternillante (el del perico escandaloso).
Pero, ¿por qué mencioné que la cinta deja un mal sabor de boca? Me refiero al inocultable clasismo/racismo que la película deja entrever: culposo gag chistosón sobre el chofer bizco del microbús, desgracias interminables sobre un pobre afanador que es plagiado y torturado por error, secuestradores babosos cuya maldad es más bien hipotética porque ni siquiera pueden negociar un rescate… La prueba más contundente sobre de qué lado están los realizadores es en el epílogo: el déspota millonario Cabos termina dando de golpes con un palo de golf al lamentable afanador secuestrado, creyendo que él se ha acostado con su traicionera esposa (que, además, tenía que ser gringa).
Alguna gente ha dicho que Matando Cabos es una comedia de humor negro. Nada de eso: el mejor humor negro de fuera (el británico de la casa Ealing, por ejemplo) o el nacional (El Esqueleto de la Señora Morales/Gonzáles, 1959; Divertimento/Alcoriza, 1966) se burla de lo más sagrado: de las instituciones, de la “alta sociedad”, de los buenos modales, de los valores más preciados. El humor negro no deja títere con cabeza pero tampoco se coloca del lado de los fuertes y poderosos, a los que nunca deja sin el castigo que se merecen. Esa es la diferencia: el humor negro es inquietante pero, sobre todo, subversivo. Matando Cabos inquieta por su discurso clasista, pero ¿cuál subversión?: a los pobres hay que sonarles con un palo. Quién les manda estar jodidos.
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