ESE CIERTO CINE

BONNIE & CLYDE
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Ernesto Diezmartínez Guzmán
Bonnie y Clyde (Bonnie and Clyde, EU, 1967), el largometraje número 5 en la carrera del otrora gran cineasta de los 60/70 Arthur Penn, está basada en las aventuras de la banda Barrow, un grupo de míticos gansters que, en los Estados Unidos de principios de los 30’s, en plena depresión americana, asoló el sur y suroeste de los Estados Unidos. La banda –que se dedicó principalmente a asaltar bancos—estuvo dirigida por los antihéroes del título, Clyde Barrow y Bonnie Parker (excelentes Warren Beatty y Faye Dunaway; el primero, productor del filme), una pareja ambiciosa y amoral que, de forma inconsciente, representaba una especie de rebelión social en contra de la crisis económica que tenía postrada a buena parte de la nación.

 El guión oscareado de Robert Benton y David Newman no duda en mostrar simpatía por los exhuberantes protagonistas, pero dista de verlos de forma acrítica. Al contrario, desde un inicio queda claro que si bien Bonnie y Clyde pueden resultar atractivos y agradables, también pueden ser brutales asesinos que no dudan en matar cuando tienen que hacerlo. Al mismo tiempo, cuando es lógico que tienen que asesinar a su presa –el texas ranger que dejan vivo y ridiculizado, el mismo quien será el implacable sabueso que irá tras ellos sin pedir ni dar tregua--, inexplicablemente dejan ir a la víctima por su infantil afán de notoriedad y fama.

 Aunque la trama general es de una película de gansters clásica –elevación y caída de uno o varios delincuentes al modo de Caracortada (Hawks, 1932)--, los personajes del filme, los hechos retratados y la misma sociedad fotografiada se alejan de todo maniqueísmo o de cualquier lectura ejemplar. Así, por ejemplo, la relación de la pareja estará marcada por la frustración sexual –Clyde era impotente—y el indomable amor que surge entre ellos se deberá, entonces, a su pasión por los delitos cometidos: en otras palabras, la realización de ellos (amorosa, vital, sexual, etc.) se da a través de la violencia y el poder ejercidos sobre una sociedad que los desprecia. Incluso la simpatía que sienten ellos por los desposeídos –granjeros expulsados de sus tierras, gente desamparada y empobrecida por la Depresión—es más bien inconsciente, casual, y su alcance de miras no llega muy lejos.

 La realización de Penn en la que es, muy probablemente, su mejor película, es ruda y brutalmente lírica. En los asaltos, balaceras, asesinatos y hasta en el sangriento final de nuestros antihéroes, hay un impulso vital que funde la forma con el fondo: las aventuras de los personajes con el estilo narrativo de Penn. De esta manera, el impredecible curso vital de la pareja tiene su respuesta en un montaje nervioso y fragmentado, en una cámara siempre ágil e inestable, a la manera de la “nouvelle vague” francesa. Asimismo, cuando Bonnie y Clyde tienen sus escasos momentos de paz –el episodio en donde se encuentran con la anciana madre de ella--, la fotografía oscareada de Burnett Guffey no duda en retratar --con todo y filtros especiales—el idílico y fugaz paraíso familiar.

 Penn declaró en su momento, frente  a las críticas que lo acusaron de idolatrar a una pareja de asesinos, que “cada tiempo crea a sus propios mitos y héroes”. Indudablemente: Bonnie y Clyde son ejemplo de ello. Además, Penn, fiel receptor del estado emocional en el que vivían los Estados Unidos a finales de los 60’s, no podía menor que ver con cierta simpatía a este par de amorales rebeldes que simbolizan –contra su voluntad—los profundos problemas que sufría la América de la Depresión y, 30 años después, la América de Vietnam y el asesinato de JFK. Por otro lado, queda claro para cualquier espectador atento, que la película dista mucho de admirar sin más a sus personajes. El juicio que la propia cinta hace de ellos es implacable. Por estupidez, por crueldad, por ambición, Bonnie y Clyde se convierten en criminales. Por lo mismo, se convirtieron en perdurables leyendas de su tiempo.

Sólo sociedades en profunda crisis pueden permitir que esto suceda. ¿Será esta la explicación que tiene–extrapolando esta reflexión a nuestro país—el indudable éxito de los corridos de narcotraficantes en el norte de México? Muy probablemente. Por desgracia, nosotros no hemos tenido un cine que retrate de forma tan fascinante y provocadora esta mitología (¿subcultura?) del ganster y las mafias. Un solo Arthur Penn nos falta y toda una parte de la historia contemporánea de nuestro país se ha quedado sin cronista.



ESE CIERTO CINE

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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