LAS VACAS SAGRADAS
TRES COLORES: AZUL
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Ernesto Diezmartínez GuzmánPrimera parte de una trilogía que toma de pretexto los colores de la bandera francesa y lo que supuestamente simbolizan (azul: libertad; blanco: igualdad; rojo: fraternidad), Tres Colores: Azul (Trois couleurs: Bleu, Francia, 1993) es el décimo-noveno largometraje del cineasta polaco Krzysztof Kieslowski, acaso el cineasta europeo más reconocido, premiado y admirado de los 90.
El tema, pues, es la libertad. Pero no la libertad en el contexto político o social. Hasta cierto punto, al igual que en El Decálogo, Kieslowski rehuye --o en todo caso, no le interesa mucho-- las connotaciones sociales de sus formidables estudios de caracteres. El concepto de libertad manejado aquí por Kieslowski está asociado a una libertad interior, más personal que comunitaria o política.Al enviudar y perder a su hijo en un terrible accidente automovilístico, Julie (Juliette Binoche), se encuentra atada a los recuerdos y a la culpa de estar viva; en pocas palabras, a los remordimientos. Vive prisionera en una cárcel que ella misma ha construido y que ella misma, poco a poco, se encargará de destruir. Cuando alcanza la libertad, ésta llega a través del pasmo y --de nuevo-- el dolor: Julie descubre que su queridísmo marido compositor la engañaba desde hace mucho tiempo y que incluso la amante espera un hijo de él. La libertad, pues, llega al exorcizar el dolor y los recuerdos, cuando ella decide finalizar la partitura inacabada del marido (más como una decisión personal que como un homenaje al esposo desaparecido), cuando asume por fin su nueva condición sin rencores y sin remordimientos. La libertad, parece decirnos Kieslowski, es un estado mental, diríase abstracto. No tiene que ver (por lo menos en esta cinta) con valores políticos, sino intimistas, personales, diríase proustianos.
La narrativa de Kieslowski fluye como el agua en un terreno accidentado. En algunas ocasiones el relato se estaciona por ahí, en otra ocasión se evapora, a veces da un giro inesperado. Los acontecimientos se suceden frente a la vista de Julie más que frente a nosotros. La cámara de Slawomir Idziak se transforma no sólo en los ojos de la atormentada viuda sino que parece empaparse de su sensibilidad, de su dolor, de su inesperada ternura. Los otros elementos fundamentales, el diseño escenográfico de Claude Lenoir --¡ese color azul que nunca nos abandona en toda la película!-- y la música memorable de Zbigniew Preisner ayudan a redondear el resultado final de un filme diríase iniciático para todo aquel que se considere fan kieslowskiano.
Y al final de todo, ahí queda para la antología personal el rostro de Juliette Binoche, una maravillosa actriz con la que se puede construir cualquier película tomando de pretexto su mirada. Para fortuna de ella (y de nosotros también) Binoche cayó en manos de Kieslowki, un cineasta capaz de construir obras maestras a través de la mirada de sus personajes. Y esta película es, precisamente, el mejor ejemplo de ello.
LAS VACAS SAGRADAS Escala de Calificación
**** Excelente *** Muy recomendable ** Vale el boleto o la renta
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