CINE NACIONAL
ARO TOBULKHIN: EN LA MENTE DEL ASESINO
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Ernesto Diezmartínez GuzmánAro Tobulkhin: en la Mente del Asesino (México-España, 2002), nominada a 13 arieles (¿a alguien le importa?), es una película que resulta (casi) más interesante como idea que como cine propiamente dicho. Sucede que a inicios de los 80, un europeo llamado Hans es aprehendido y condenado a muerte en Guatemala por haber quemado vivas a siete personas que convalecían en una misión católica en la selva guatemalteca. Cuando es detenido, el tipo –que en realidad se llamaba Aro Tobulkhin y era de nacionalidad húngara—confiesa haber asesinado a 17 mujeres más a lo largo de varios años, cuando trabajaba en la marina mercante. Por esa época, los documentalistas franceses Lise August e Yves Keetman, que hacían una película sobre la pena de muerte en Guatemala, se topan con el caso de Aro Tobulkhin. Conocen al criminal, se ganan su confianza, y lo entrevistan a él y a varias personas que lo conocieron. La película de August y Keetman nunca se terminó pero esos fragmentos en 16 mm. les sirvieron 20 años después al cineasta profesional Agustí Villalonga y a los videoastas Lydia Zimmermann e Isaac Pierre Racine para realizar un extraño, hipnotizante y disparejo experimento fílmico, que mezcla la realidad “real” con la realidad “recreada” y éstas con la pura ficción, hasta llegar al extremo de que el espectador no sabe bien a bien qué terreno está pisando.En realidad, aunque vemos imágenes del verdadero Tobulkhin en una entrevista que quita el aliento (el asesino habla fríamente a la cámara, responde mecánicamente, se anima a medio sonreír ante las preguntas) y aunque también vemos algunos fragmentos de súper 8 en donde el húngaro y la hermana Carmen (Carmen Beato) conviven en la congregación guatemalteca del Divino Redentor, la verdad es que buena parte del filme es ficción pura. O, en todo caso, es una realidad trucada para hacerla parecer realidad “real”, con todo y explicaciones freudianas que decodifican el comportamiento psicopático del pirómano y asesino. Sin embargo, es esta última parte de la película –la recreación de la infancia y adolescencia de Aro—la que, al final de cuentas, resulta estar de más: es tan académica, estilizada y –acabemos—convencional que está a punto de hacer naufragar a todo el filme.
Es en la primera hora (¿por qué la película no se quedó como mediometraje?) cuando los tres cineastas nos ofrecen los momentos más interesantes y reveladores: escenas documentales verdaderas, puesta en imágenes que se quiere realista, falsas entrevistas con testigos, verdaderas entrevistas de la época, todo ello enmarcado en un auténtico infierno en la tierra: Guatemala en los años 80, en plena miseria, con violencia militar y una muerte invencible y todopoderosa. Como radiografía de la inescrutable maldad humana, esa primera parte del filme no tiene problema alguno –y menos con la concentrada interpretación minimalista de Daniel Giménez Cacho como el Aro ficticio. Es cuando los cineastas pretenden “explicar” lo inexplicable que la película empieza a cansar y a sentirse un tanto cuanto colgada. Con todo, se trata de una película original y valiente, no muy común en nuestro cine nacional. Hay que verla. Está disponible en DVD.
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