LAS VACAS SAGRADAS



LAS ARENAS DE IWO JIMA
(***1/2)


Con el estreno del díptico bélico dirigido por el maestro Clint Eastwood (La Conquista del Honor y Cartas de Iwo Jima, ambas de 2006), hay más de una razón para revisar el que es, acaso, su mejor antecedente y, al mismo tiempo, su patriótico contrario. Me refiero a Las Arenas de Iwo Jima (Sand of Iwo Jima, EU, 1949), el largometraje número ¡113! (no, no es error) de Allan Dwan, ese (casi) olvidado cineasta hollywoodense de los orígenes, contemporáneo, competidor y, finalmente, colaborador de Griffith.

 Dwan no fue solamente un prolífico artesano (dirigió, entre 1911 y 1958, 382 películas, de las cuales “nada más” 143 fueron largometrajes) sino, también, un prodigioso inventor fílmico: se le atribuyen la creación del dolly, del primer movimiento de grúa y del micrófono móvil al llegar el cine sonoro, además de ser uno de los cineastas pioneros en experimentar con el technicolor. Dwan entró al cine en 1911 como ingeniero en electrónica (carrera que había estudiado), pero muy pronto se vio escribiendo argumentos de a 25 dólares la pieza y, en cuantos meses, dirigiendo varias películas de un solo rollo (o sea, de 10 minutos) a la semana. Al llegar a 1914, cuando realizó su primer largometraje, Richelieu, Dwan había dirigido ya más de 200 películas de uno, dos o tres rollos y, por supuesto, había aprendido cómo hacer cine.

 Para los años 20, Dwan se había convertido en uno de los cineastas más confiables de la naciente industria hollywoodense. Formó pareja creativa con el más grande astro del cine de acción de la época, Douglas Fairbanks, a quien dirigiría en once ocasiones (entre ellas, sus mejores cintas como Robin Hood/1922 y La Máscara de Hierro/1929); con una de las más grandes divas de la época silente, Gloria Swanson (para variar, haría lo mejor y más ligero de la actriz, como Zaza/1923 y Manhandled/1924) y ya en los albores del cine sonoro, dirigiría en par de ocasiones a la niña prodigio Shirley Temple, en Heidi (1937) y en Rebecca of Sunnybrook Farm (1938), cintas que, consideran algunos historiadores, son las más agradables y menos sentimentales de la estrella infantil.

 Las Arenas de Iwo Jima –disponible en un DVD de Región 1 con el trailer original y un detrás de las cámaras presentado por el cinecrítico Leonard Maltin- fue, sin duda, la última gran película de Dwan, quien la realizó para la Republic Pictures. Además de contar con un presupuesto inusualmente elevado –la Republic estaba especializada en cine de serie B, especialmente westerns-, Dwan se vio beneficiado por la icónica presencia de John Wayne en el papel protagónico –trabajo que le valdría, por cierto, para su primera nominación al Óscar - y, más aún, porque el cineasta contó con el pietaje original de dos filmes documentales acerca de la toma de las islas niponas de Tarawa e Iwo Jima (With the Marines at Tarawa/1944 y To the Shores of Iwo Jima/1945, esta última nominada al Óscar), de tal forma que pudo intercalar, con pertinencia y precisión, las muy emocionantes escenas reales de la guerra con la muy patriótica trama en la que el seco sargento Stryker (Wayne, por supuesto) entrena con necesaria rudeza a su pelotón, conformado por el típico grupo variopinto de siempre: un alegre ítalo-americano, un renegado que tiene cuentas pendientes con el propio sargento, un par de gemelos que más pelean entre sí que contra los japoneses y un rebelde intelectual, Peter (John Agar), que ve en Stryker la odiada imagen de su padre, un estricto coronel de la vieja escuela. Por lo mismo, parte fundamental de Las Arenas… estará centrada en el inevitable duelo de voluntades entre el muy profesional sargento y el desafiante marine.

 Por supuesto, mucho de lo que acabo de describir no parece más que una serie de añejos clichés bélicos/patrioteros pero, para descargo de Dwan y su argumentista Harry Brown –nominado al Óscar por este guión-, Las Arenas… es mucho más realista y dura de lo que uno podría suponer. Apoyado por las muy violentas imágenes de la guerra real, Dwan y Brown no sólo retratan con crudeza el sacrificio del estoico cuerpo de marines (los personajes mueren no sólo por el ataque del enemigo japonés sino hasta por el descuido de los propios soldados estadounidenses), sino que hasta se alcanza a deslizar una leve crítica al acto mismo de la guerra, cuando un par de combatientes discuten sobre la importancia de tomar las dos diminutas islas de Tarawa e Iwo Jima, esta última de 9 kilómetros de largo por 4 de ancho: “Así es la guerra”, dice un soldado, “los países intercambian la muerte de personas por unos cuantos pedazos de tierra”.

 Claro que lo que subraya el filme –no podía ser de otra manera, pues Dwan contó con la colaboración de la Marina para la realización de esta cinta- es la valentía y la reciedumbre estadounidenses, que llevan a un puñado de soldados a colocar la bandera de las barras y las estrellas en Iwo Jima, en el Monte Suribachi, un 23 de febrero de 1945, en esa imagen mítica que Joe Rosenthal tomó con su cámara y que Clint Eastwood, 60 años después, se encargaría de demoler en La Conquista del Honor (2006).

 Por cierto, en Las Arenas de Iwo Jima aparecen, al final, los verdaderos René Gagnon, Ira Hayes y John Bradley, los hombres que aparecieron en la foto de Rosenthal y que son los protagonistas de La Conquista del Honor. De hecho, es a Gagnon quien Striker/Wayne le da la bandera con la orden de colocarla en lo alto del monte, tal como fue instruido por sus superiores. Así, Las Arenas… pueden servir como el perfecto aperitivo para el díptico bélico de Easwood: primero la patriótica película de Dwan y, después, sus contrapartes desmitificadoras. Un extraordinario paquete triple cinefílico.


LAS VACAS SAGRADAS

Escala de Calificación

**** Excelente        *** Muy recomendable     ** Vale el boleto o la renta
* Palomera       + Churrito        ++ Churrote

Comentarios: ernesto@cinevertigo.com

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