CINE NACIONAL
AMORES PERROS
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Ernesto Diezmartínez GuzmánMucho se ha avanzado en el cine nacional en los últimos años. Si todavía en los 90 se esperaba LA película mexicana de la temporada –es decir, la cinta razonablemente bien dirigida, entretenida, interesante y taquillera que nos ayudara a albergar la fantasía de que existía un “nuevo cine mexicano”--, el año 2000 inició con tres películas que se ganaron, casi de manera unánime, el favor de la crítica y que resultaron ser importantes hits taquilleros. Como quien dice, si de alimentar fantasías se trata, la nueva década nos dio, por lo menos, más sólidos argumentos para ello. Me refiero, por supuesto, a esta trilogía de filmes que invadieron las pantallas de México a inicios del nuevo siglo: la ligera y muy divertida Todo el Poder, la revisión caústica del sistema político nacional en La Ley de Herodes y, ahora, este palimpsesto de historias urbanas, estilos narrativos y referencias cinematográficas que es Amores Perros (México, 2000), la “opera prima” del publicista y exproductor televisivo y radiofónico Alejandro González Iñárritu, “el Negro”, ya hollywoodizado para bien o para mal.Ganadora de la Semana de la Crítica en Cannes 2000, Amores Perros abreva con vigor del género fílmico nacional por excelencia –el melodrama familiar--; de los estilos postmodernistas del fin del milenio (con su clara inclinación hacia el videoclip, por un lado, y hacia el hiperrealismo danés del grupo Dogma, por el otro); de una brillante narrativa circular que nos remite en sus meandros a Tarantino hacia fuera y a Fons (el de El Callejón de los Milagros) hacia dentro; y, por supuesto, el filme se alimenta de la teoría del accidente y la casualidad, tan cara para cineastas de la estatura de Buñuel (en Tristana) o Kieslowski (en El Decálogo y Tres Colores).
Simplificando al extremo, Amores Perros es un melodrama familiar cuyo centro de gravedad sigue siendo –como en los viejos tiempos-- el padre. En la primera historia, “Octavio y Susana”, dos jóvenes hermanos (Gael García y Marco Pérez) aman a la misma mujer (Vanessa Bauche), en un contexto familiar de un padre ausente al que, en su fratricida lucha, pretenden sustituir. En la segunda historia, “Daniel y Valeria”, vemos a un clasemediero paterfamilia (Alvaro Guerrero) abandonar mujer e hijas para irse a vivir con una preciosa y frívola modelo (Goya Toledo), paraíso banal que se convertirá rápidamente en pesadilla yuppie. En la tercera parte, “El Chivo y Maru”, un exprofesor universitario y exguerrillero (excelente Emilio Echevarría) que “trabaja” como matón a sueldo, pretende recuperar el amor de su hija a quien abandonó 20 años atrás por ir “a cambiar el mundo”. Padres ausentes, padres que se van, padres que quieren volver: cincuenta años después de la Época de Oro el cine nacional vuelve a las mismas temáticas (las de La Oveja Negra, por ejemplo) aunque, eso sí, con estilos propios de fin siglo y con un leit-motif argumental facilón pero efectivo: la raza canina como lo mejor y lo peor del ser humano (en la primera y tercera historia, en donde un noble can es transformado en perro de pelea para luego ser recogido por el asesino mercenario) o como símbolo de los sueños rotos de una pareja (el perro faldero herido y perdido bajo las duelas de un departamento, cual metáfora de una relación amorosa que se está yendo a la goma).
Ahora bien, si en el aspecto argumental Amores Perros no es muy original que digamos, el estilo visual y su narrativa centrada en la casualidad (y causalidad) nos ofrece los momentos más logrados y, a la vez, más excesivos de la cinta. Imágenes granuladas en exceso, contrastes violentos en sus claroscuros, turbulenta cámara en mano: la fotografía de Rodrigo Prieto se impone al fondo temático (¿se funde con él?) dando como resultado una mezcla de los postulados del grupo danés Dogma 95 (La Celebración, Mifune, Los Idiotas) con una artificialidad atractiva cual vídeo musical de gala (la secuencia en la que escuchamos Lucha de Gigantes interpretada por Christian Fiebre es, para efectos prácticos, un videoclip).
Finalmente, habrá que aceptar que a pesar de su muy dispareja narrativa (excelente primera parte, segundo segmento flojo y una tercera sección que cae francamente en el melodrama lastimero y tremendista), Amores Perros logra sobrevivir contra todo pronóstico y que la cinta, aun con todos sus “demasiados” (demasiado larga, demasiado excesiva, demasiado estilizada, demasiado dependiente de sus referencias cinefílicas), resultó ser un impresionante debut para González Iñárritu.
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