CINE NACIONAL
EL CRIMEN DEL PADRE AMARO
(***)
Ernesto Diezmartínez GuzmánMucho ruido...
Nunca antes en la historia del cine mexicano (o, para no exagerar, en los últimos 50 años) una película nacional había alcanzado tal nivel de expectativa. Ataques virulentos, defensas a ultranza, declaraciones lamentables de prelados y políticos, tonterías dichas a diestra y siniestra, fueron el pasto que encendió el morbo del mexicano promedio, que llenó los cines para convertir a El Crimen del Padre Amaro (México-Argentina-España-Francia, 2002) en el mayor éxito económico del cine nacional.Programada para estrenarse en 300 salas en todo el país –de por sí una cantidad privilegiada que sólo las películas de Hollywood pueden presumir--, El Crimen... terminó exhibiéndose, gracias a la publicidad gratuita de los grupos ultraconservadores y de un sector del clero, en 400 cines. En unos cuantos días el costo del filme –20 millones de pesos—se recupó y con creces: según datos de la Cámara Nacional de Cinematografía, la cinta dirigida por Carlos Carrera obtuvo 30 millones de pesos en apenas tres días. Así, El Crimen... se colocó, de inmediato, como el gran taquillazo del cine nacional del nuevo siglo.
¿Qué causó el éxito de la película producida por el clan Ripstein? Primero, la actitud de los grupos conservadores laicos como Pro-vida, que SIN VER la cinta la atacó por ser “ofensiva a la religión católica”. El escándalo inició cuando un grupo de católicos invitaban en un sitio de internet a no ver el filme. REFORMA fue el primer diario que inició la cobertura noticiosa de la cinta dos semanas antes del estreno y el que mejor capitalizó (periodísticamente hablando) el escándalo en ciernes, ya que las noticias sobre El Crimen... ocuparon en varias ocasiones la primera plana de su sección de espectáculos.
Lo que podría haber resultado una curiosa y más bien ingenua campaña conservadora en contra del filme –ingenua porque, por fortuna, los grupos como Provida no representan más que a ellos mismos y a las pruebas de la taquilla nacional me remito--, de improviso se convirtió en noticia política de primera plana cuando todo mundo quiso hablar, decir, opinar ¡SIN HABER VISTO LA PELICULA! Así, desfilaron por los noticieros televisivos y radiofónicos y llenaron líneas ágata de los diarios nacionales gente como el Obispo de Ecatepec Onésimo Cepeda (“Jesús es el jefe y a él le hacen los mandados, incluyendo los que hicieron esa cochinada”, algo así dijo el eminente teólogo, el mismo que declarara que no importaba si había que matar 500 ejidatarios para hacer el aeropuerto en Texcoco), Diego Fernández de Cevallos (“¡esa película es una porquería”, declaró tronante sin haberla visto), el Arzobispo de Monterrey, Cardenal Suárez Rivera (“Si el gobierno pagó para su realización, eso se va a pagar con votos. Ya van a ver”) y hasta el ínclito diputado panista del de-efe Pancho “Cachondo” quien, convertido en crítico de cine, declaró a quien lo quiso escuchar que “esperaba más de la película” (órale: resultó más exigente que Ayala Blanco, quien trató muy bien, en su momento, al filme de Carrera).
Que gente como Serrano Limón y otros fanáticos conservadores hicieran campaña en contra de El Crimen... es lo de menos. Creo que nadie puede poner en duda su derecho a ir o no ir a ver una película e, incluso, de aconsejar a quien se deje que no vaya a verla. Es más: creo que está bien –en el sentido de que hacen uso de sus derechos como ciudadanos—que repartan volantes o camisetas o efigies del Papa con leyendas alusivas en contra del filme. Muy su derecho en hacerlo y muy nuestro derecho en no hacerles mucho caso. Hasta aquí todo bien.
Lo trágico es la poca sensatez al abrir la boca de gente como Onésimo Cepeda o Suárez Rivera, parte de ese alto clero que es retratado con acidez en El Crimen del Padre Amaro a través de la figura del adiposo obispo encarnado por Ernesto Gómez Cruz. Lo trágico son los dichos de un Diego Fernández de Cevallos lamentable, convertido en inquisidor trasnochado desde una posición (¡la jefatura del Senado!) en donde representa al pacto federal mexicano. Lo trágico es la frivolidad política encarnada en un “Pancho Cachondo” subido en la cresta de un escándalo tan inútil como ridículo.
Al final, quedan unas cuantas preguntas. ¿De qué se asustaron Provida y una parte del alto clero mexicano? ¿De que se mostrara a un sacerdote relacionado con narcos? ¿Ya se olvidaron del cura que fue a Tierra Santa con El Señor de los Cielos? ¿O será que no les gusta ver a un sacerdote relacionado con la guerrilla? ¿Y entonces el Obispo Samuel Ruiz y su Ejército Catequista de Liberación Nacional, como lo bautizó Enrique Krauze? ¿O será que les ofende ver a un sacerdote hacer el amor con una muchacha? Francamente esto último es lo de menos si se le compara con las decenas de casos de curas pederastas surgidos en Estados Unidos o las horrendas acusaciones en contra del señor Marcial Maciel. Digo, si el propio Juan Pablo II pidió perdón, hincándose frente a miles de fieles en Canadá por estos crímenes de abuso sexual infantil, ¿de qué tanto se asustan porque un sacerdote le hace el amor a una mujer que, además, no era nada inocente y sabía exactamente lo que hacía? Por último, una pregunta, la más importante: ¿y la película, qué tal, vale la pena?
Muchas nueces...
Por fortuna, después del mucho ruido, hay también muchas nueces. El Crimen del Padre Amaro, el quinto largometraje de Carlos Carrera (La Mujer de Benjamín 91, La Vida Conyugal 93, Sin Remitente 95, Un Embrujo 98) es, también, su filme más logrado e interesante. El guión de Vicente Leñero –quien adaptó con maestría la novela naturalista homónima del brasileño Eca de Queiroz, seguidor de Zolá—es, sin duda, lo más notable de la película, pero el éxito de El Crimen del Padre Amaro se debe también, en buena medida, a un notable reparto en el cual el único que desentona (y sólo a ratos) es el propio protagonista Gael García Bernal.Y es que el problema de García Bernal es que parece no haber aprehendido por completo a su personaje. Cuando él –es decir, el joven padre Amaro—trata con el dueño de un periódico el despido de cierto periodista que está molestando, cuando discute con su desafortunada noviecita adolescente Amelia (Ana Claudia Talancón, preciosa) el porqué no puede colgar la sotana (“¿Y mi carrera, y todo lo que estudié?”), cuando chantajea al viejo sacerdote Benito (Sancho Gracia) o cuando corre displicentemente al viejo sacristán traicionero (Gastón Melo), entendemos porqué es el protegido del colmilludo Obispo encarnado por un espléndido Ernesto Gómez Cruz. Amaro es inteligente, sin duda, pero también cínico, manipulador, ambicioso e hipócrita. Por eso, no por la firmeza de su vocación religiosa, es el favorito del Obispo, quien desea enviarlo a Roma para que luego le ayude a gobernar la región. En esas escenas antes descritas, vemos al mejor García Bernal: un hombre con múltiples dobleces que dice la peor de las mentiras mirando de frente y que no es capaz de ver su propia caída hacia el abismo.
Sin embargo, las escenas de amor con Amelia, el abrazo de admiración al sacerdote revolucionario Natalio (magnífico Damián Alcázar) o el llanto final ante la muerte de su amante sacrificada vilmente por él, se antojan falsas. Finalmente, ¿quién es Amaro?: ¿es sincero en su amor por Amelia o en su admiración por el cura guerrillero? ¿O es una máscara más de un sacerdote que ha renunciado a Dios para caer frente a la tentación del poder? Tengo la sensación que este problema en la definición del personaje se debe a la dirección de Carrera y al trabajo de Gael, más que al magnífico guión de Leñero, quien en dos o tres escenas y en unas cuantas pinceladas, es capaz de mostrarnos las perversiones de nuestras elites políticas campiranas en la figura de un presidente municipal panista (extraordinario Pedro Armendáriz), quien viste de azul y habla con frases demagógicas foxistas/lopezobradoristas (“Yo gobierno para mi pueblo, no para mi partido”).
Dirigida con funcionalidad por Carrera, la cinta carece de un desenlace más fuerte, que muestre con claridad cuál es el auténtico crimen del Padre Amaro. Y es que mucha gente se fue con la finta de que lo ofensivo es ver cómo una vieja beata medio loca le da una hostia a un gato o cómo Gael y la señorita Talancón hacen el amor cubiertos por un manto de la Virgen de Guadalupe. Estas provocaciones –hasta cierto punto inútiles para la trama—son lo de menos: el verdadero crimen de Amaro no el rompimiento del celibato o una herética frase de amor (“Eres más bonita que la Virgen”), sino el hecho de que el joven sacerdote ha abrazado por completo lo terrenal (la ambición personal, la búsqueda del poder) por encima de su trabajo como salvador de almas. El mayor crimen de Amaro no es ni siquiera el pedirle a su amante que aborte: es adorar ¡por encima de Dios! al auténtico becerro de oro: el poder. En este sentido, acaso Onésimo Cepeda tiene razón en molestarse tanto. ¿No se vería retratado él en el Padre Amaro?
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